Un lugar genial.

Para seguir con la temática de los sueños “en capítulos”, voy a escribir acerca de unos que tuve hace mucho. Uno cuando era chico y un par que tuve un tiempo antes de abrir el blog.

De chico soñé que estaba en el mejor lugar del mundo, o por lo menos así se sentía. Una habitación gigante era donde todo se desarrollaba, y yo estaba con mi hermano en lo alto de la misma, sobre una especie de estante desde donde se podía observar todos los detalles del cuarto. Junto a nosotros, había una escalera de madera, una de las tantas que había para llegar a todas las partes cercanas al techo.

No había una sola ventana, pero sí una puerta. La habitación en sí era una biblioteca muy espaciosa, cuyos libros estaban todos sobre estantes pegados contra la pared. No había libros solamente, sino también muchos objetos antiguos, como barcos de madera en miniatura, muchísimos sobres blancos con cartas dentro y tantos otras cosas que, de existir ese lugar, me quedaría mucho tiempo ahí, revisando todas esos elementos interesantes.

Tal vez porque era un lugar que me gustaría que existiese, y también porque se sentía tan real, ese sueño quedó grabado en mi memoria.

Ya de grande, soñé varias veces que estaba en un salón oscuro e iba por las paredes buscando un interruptor de luz, pero no lo encontraba.

En uno de estos sueños, finalmente lo logré. Lo particular fue que no era un interruptor común, sino que era uno de esos de pasillo de edificio, rojos, que se usan para tener luz temporariamente hasta llegar al departamento. Lo apreté, y me asombró que la habitación en cuestión era la misma biblioteca de años antes. Pero no había mucho tiempo para maravillarme, ya que la luz se iba a acabar. Sin embargo, encontré rápidamente una lámpara, que se encendía tirando de un cordón.

Pasé un tiempo revisando los libros y demás objetos, y todo se sentía igual que antes. Pero esta vez no me quedé ahí, sino que salí por la puerta del cuarto. Recorrí una serie de pasillos y llegué a la calle. Ahí fue cuando noté que la biblioteca estaba, solamente en el sueño, en la casa de mi abuela, un lugar que no visitaba hacía muchos años.

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Negros Bien Altos

A veces me pasa que algunos sueños separados cronológicamente por mucho tiempo, tal vez varios años, se desarrollan en un lugar o con motivos comunes. No siempre puedo exactamente recordar qué es lo que había sucedido en el sueño pasado, pero se me viene a la cabeza un recuerdo claro del mismo.

Anoche soñé que estaba dentro de un edificio, que más tarde me daría cuenta que era un hotel. Me asomé por una puerta y subí la larga escalera a la que conducía. Me encontraba con otras personas, pero no las podía individualizar. Luego de la extensa subida, había un salón con una enorme campana en donde se estaba preparando una cena a la cual estaba invitado junto con mis acompañantes. Quien la organizaba era nada más ni nada menos que Barack Obama, a quien se lo veía muy feliz esperando a los invitados. Estaba muy bien vestido y preparado para la ocasión.

Pero en vez de sentarme a la mesa, decidí dejarlo pagando y ordené que no fuéramos a la cena, y nos retiraramos a nuestras habitaciones. Cuando ingresé a la mía, que en realidad era compartida, comencé a inspeccionarla, para ver qué comodidades brindaba. Y rápidamente me sorprendí cuando me di cuenta que ya había estado en esa habitación, que no existe en el mundo real, en un sueño que había tenido hace mucho.

En el lugar donde ahora había una cama con acolchado azul, al igual que las otras, podía recordar que era el lugar donde antes había estado durmiendo, pero en el piso, porque antes no había cama. La coincidencia es que en ambos momentos, había estado en esa habitación acompañado por varias personas. El actual parecía una especie de viaje de negocios, pero el anterior me recordaba a algo mucho más informal, como unas vacaciones o viaje de egresados. Estaba mu entusiasmado con lo que me estaba pasando, tanto que hasta pensé en llamar a varias personas para avisarles lo que me estaba pasando.

Hasta ahí llego la reminisencia. Luego salí a la calle junto a las personas que me acompañaban y finalmente me di cuenta qué es lo que había ido a hacer: jugar los playoffs de la NBA. Lo último que llegué a ver fue a mis compañeros de equipo caminando por la acera.


¡Atrapado!

Estaba en el secundario, en una clase de lengua, en el mismo colegio y aula donde cursaba y con la misma docente de esa materia. Mientras miraba para atrás, notando que todos mis compañeros estaban sentados donde lo hacían habitualmente, pensaba muy raro que estuviera de en la escuela, considerando que hace ya tres años que estoy en la facultad. “No me da la cuenta”, pensaba.

La maestra comenzó a escribir en el pizarrón, pero no tenía nada que ver con lengua. Eran ecuaciones químicas. Para una en particular preguntó qué era lo que faltaba, y todos se quedaron pensando. Yo creía que la respuesta era “ocho moléculas de oxígeno”, pero no lo quería decir. Como nadie respondía, ella dijo: “¿No se dan cuenta, chicos?… ¡Falta esto!”, y procedió a desvestirse, quedando en ropa interior. Así como estaba tomó una escoba y se puso a barrer el aula mientras cantaba y bailaba. Todos la miraban maravillados, menos yo que no encontraba ningún sentido a lo que estaba pasando. Cuando finalizó, los demás la aplaudieron.

En ese momento aproveché para ir al baño, y decidí que iba a ir a los que estaban afuera de la escuela, aunque no estaba permitido salir. Caminé un par de cuadras y comenzó a llover, y pensé que como iba a volver mojado se iban a dar cuenta que había salido, por lo que emprendí mi regreso. Pero noté que estaba ya lejos, a muchas cuadras, así que quise volver lo más rápido posible. No tenía ni tiempo de esperar un semáforo, por lo que en vez de hacerlo, literalmente comencé a volar cuando había uno dándole luz verde a los autos.

Finalmente logré llegar, todo mojado. Para hacer tiempo para que se me seque la ropa, me compré un jugo y me puse a leer una revista luego de sentarme en un banco que estaba al lado de una puerta. Un rato más tarde, pasó por dicha puerta Ricardo Darín y me vio. Supe ahí que se habían dado cuenta que había salido y cortado horas de clase, por lo que Ricardo me empezó a explicar lo importante que era no abandonar el colegio. Todo me parecía una pavada. Unos segundos más tarde apareció mi maestra de lengua, esta vez vestida, y para que no pensara que me había escapado, le dije: “Me quedé leyendo este artículo en la revista, ¡es fascinante!”, evidentemente mintiendo.

Como era de esperar, no me creyó. Ya me habían atrapado.


Mala cocinera

Estaba en una cocina. Sé que no era la de mi casa porque era considerablemente más chica. Por alguna razón tenía que cocinar, así que estaba preparando una salsa para los fideos; condimenté el tomate y le agregué atún y pollo.

Al probarla, siento que había quedado levemente picante, por lo que, para suavizarla, decido agregarle unas cucharadas de queso crema (si era Casancrem o Mendicrim no lo sé; el pote tenía tapita roja, así que queso light no era). Ya satisfecha con el resultado, tapo la olla y salgo de la cocina porque, al parecer, había vuelto mi madre dle trabajo.

Casi inmediatamente vuelvo a entrar a la cocina, destapo la olla y desucbro con horror que mi salsa había desaparecido; en su lugar había ahora agua con lo que parecían ser unos granitos de sal en el fondo. Empiezo a desesperarme, porque temo que me digan que no se cocinar nada. O peor, que mi madre piense que no había cocinado nada en absoluto, lo cual podría significar aguantarla gritandome por un largo rato.

Entra mi madre a la cocina, le explico lo sucedido, le muestro la olla y le digo que no fue culpa mia, ¡¡¡¡que fue el queso!!!! En ese momento noto que los supuestos granitos de sal se habían hecho más gruesos, así que usando todo mi poder de deducción le digo: “Mirá, los granos deben ser la salsa concentrada; tal vez si los dejo un rato más logre espesarse y vuelva a ser lo que era…”

En efecto, los granos aumentaron su volumen un poco más y no recibí ningún grito como respuesta. Tan equivocada no puedo estar…


Pesadilla

En un día soleado iba caminando por una calle del centro de Lomas de Zamora, y entre la gente que venía en la dirección contraria a la mía, divisé a una compañera de la facultad. Tenía un yeso en uno de sus brazos porque tenía fracturas múltiples, y las articulaciones del mismo estaban colocadas en posiciones anormales.

– Che, che che, ¿qué te pasó? – Indagué.

– Primero saludala, preguntale cómo está – dijo un hombre que caminaba por la misma calle

– Pero está toda quebrada, no me importa eso – le dije.

Comencé a caminar con ella, siguiendo la dirección en la que yo iba. Se nos sumaron mi mamá y unos familiares de ella, pero cada tanto algunos de ellos doblaban y no los podía volver a ver. Mientras tanto, se comenzaba a nublar. Cuando ya estábamos en otra zona, con un paisaje más residencial que céntrico, sólo quedábamos nosotros dos, pero la distancia que nos separaba se iba haciendo más grande, hasta que quedé solo. Las nubes se ponían cada vez más oscuras. Y comenzaba a lloviznar…

Cambió la locación. Ya no estaba al aire libre, sino que sobre un tren que se dirigía en la dirección contraria a la que estaba caminando. Era de noche y la lluvia golpeaba muy intensamente en los vidrios. No había personas paradas, aunque todos los asientos estaban ocupados, uno de los cuales, dos por delante mío, encontraba al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, enfrentando mi posición.

El hombre que estaba en el asiento justo delante mío era el padre de mi compañera antes nombrada, aunque no lo conozco personalmente. Se levantó y mostró un arma. Sentí mucho miedo y miré al gobernador en busca de algún alivio, pensando que él sabría qué hacer. Pero se quedó quieto, igual que todos los otros ocupantes. Creo que ellos sentían el mismo miedo y la misma incertidumbre que yo.

Con el arma en la mano, comenzó a caminar por el pasillo. En un momento se paró al lado de una señora y extendió el brazo, apuntando a uno de los vidrios. Gatilló. El ruido del cristal destrozado se sintió fuerte y se sintió un silencio igual de la misma intensidad por parte de quienes estábamos sentados. El hombre dio unos pasos más y volvió a apuntar, pero esta vez a la cabeza de una mujer. Murió antes de que pudiera escuchar el disparo.

Pasados unos segundos, o tal vez minutos, el padre de mi compañera se paró al lado mío. No lo vi, pero me di cuenta que iba a dispararme. Volví a mirar a Scioli, y otra vez nada. Apuntó a mi boca y disparó. Pensé que moría.

Todo comenzó a girar rápidamente. Parecía un descarrilamiento, pero no lo era, porque ya no nos encontrábamos sobre un tren, sino que era un auto que estaba haciendo trompos. Supuse que el conductor estaba perdiendo el control de la dirección. Cuando terminó de girar todos bajaron, gritando, y escuché bien clarito al tirador decir “No voy a seguir con esto por cuarenta pesos que después no voy a usar”. Recuerdo haber recogido algo del piso y luego bajarme del vehículo como todos los demás. Cuando lo hice quedé sólo en la calle porque los demás habían huido. Dio la casualidad que había quedado en la esquina de mi casa.

Me sangraba mucho la boca y fui hasta mi hogar para buscar ayuda. Como no tenía cómo entrar, fui a caminar por la calle para que alguien me prestara asistencia. A pesar de ser de noche había mucha gente, particularmente en los negocios, pero a nadie parecía importarle el hecho que estaba sangrando. Por eso me metí a una casa, donde me encontré a un señor que parecía mexicano y le mostré mi herida. Decidió mandarle un mensaje de texto al número de emergencias “999”, describiendo la situación.

-911 – le corregí.

– No, son tres números. Sale $3.50 este mensaje, no lo puedo mandar – respondió.

Como no me quiso ayudar intenté volver a casa en el medio de la noche y todo ensangrentado. Al llegar, noté que había un chico con capucha que me quería robar, por lo que no intenté entrar al instante, sino que seguí de largo con la esperanza que se fuera. Ni bien quedó de espaldas a mí, intenté pasar la reja. Lo logré, pero no tenía manera de entrar por ninguna de las puertas que había. Fue luego el ladrón quien intentó pasar la reja, pero ya había puesto la cerradura. Para mi sorpresa, la llave había quedado del otro lado de la reja, por lo que tuve que moverme rápidamente para recuperarla. Él intentó lo mismo pero yo llegué antes. Me había salvado por poco.

Pero el chico seguía ahí, acechándome. Iba de un lado al otro intentando entrar, y yo sentía un gran temor por todo lo que me había sucedido y todo lo que había visto hasta ahí. En un momento vi pasar a un camión de bomberos en contramano. Estaba lleno de bomberos voluntarios y por suerte la sirena no estaba prendida. Intenté gritar por ayuda pero la voz no me salía. Pensé que tenía que sacar todo el aire que tuviera adentro para que me escucharan.

– Ayu… – no me salía.

– AYUDA – intenté nuevamente, esa vez con éxito.

Pero esta vez no fue en el sueño, sino que ya me había despertado. Para tranquilidad de mi familia, por suerte nadie en mi casa me escuchó. Miré el reloj y eran las 3:30. A seguir durmiendo.


¿Raza aria?

Me encontraba sentado a una mesa redonda, de poca altura, que estaba llena de elementos para dibujar y pintar, como lápices de colores en gran cantidad, más que nada verdes y rojos, hojas, pinceles, etc. Alrededor de la misma estaban sentados personas, que cuando las pude ver, me di cuenta que eran tres mujeres y dos varones, todos los cuales eran hermanos míos en el sueño.

Uno de los chicos, que era pequeño, hizo una pregunta. No recuerdo cuál era, pero seguramente por no medir las consecuencias de lo que decía generó incomodidad en las tres chicas. Todas ellas, claramente sin querer darle la respuesta correspondiente, abandonaron la mesa, quedándome yo, sólo con mis dos “hermanos”, que eran ambos más pequeños que yo. Los miré y ahí fue cuando noté que los seis éramos todos rubios y de ojos claros, y que vestíamos todos prendas blancas, inmaculadas.

Me enfoqué en el otro chico que se había quedado en la mesa, y con una mirada cómplice por parte de los dos, me di cuenta qué ambos sabíamos la respuesta a la pregunta, aquella que nunca tuve en claro cuál era. La mirada también sirvió para establecer que no nos íbamos a escapar de nuestro hermano cuando nos hiciera ese tipo de preguntas.

En ese momento recordé que, aunque eran mis hermanos, no los conocía. Al mismo de antes le pregunté su edad, y me respondió que tenía ocho años, aunque a mí me parecía más grande. Como no quería quedar en evidencia acerca de mi desconocimiento respecto a ellos, le volví a preguntar al mismo la edad del otro de los chicos, que era el más pequeño, y para que éste no me escuche, lo dije en voz baja. “Cuatro”, me dijo. Esta vez, sí aparentaba su edad.

Me puse a recoger todos los elementos que se encontraban sobre la mesa, que estaba muy desordenada. Todos los lápices y pinceles eran colocados verticalmente en pequeños tubos. Pero mi tarea se vio interrumpida por la llegada de un amigo, Mauro, quien me dijo que debía ir con él inmediatamente, para resolver un misterio. Mi hermano de ocho años decidió acompañarnos.

Inmediatamente después de eso, nos encontrábamos los tres en la parte superior de un autobús sin techo y con pequeñas barandas a los costados, que iba rápido por una autopista. Estábamos siguiendo a un auto, dentro del cuál se encontraba una persona a la que buscábamos. Adelante de todo estaba Mauro, en el medio estaba yo, y atrás de todo estaba el otro chico, aunque no lo podía ver desde mi posición. Tan rápido íbamos, que debíamos agarrarnos de las barandas para no salir despedidos del vehículo.

El auto quería evitarnos, por lo que intentaba maniobras de distracción. El autobús lo seguía, pero las maniobras se hacían más difíciles por la envergadura del mismo.


¿Cobarde, yo?

Estaba en la puerta de un baño que era mezcla del baño de mi segunda casa y la de ahora. No se qué hacía ahí, simplemente estaba parada, contemplando… hasta que veo que aparece una araña. Una araña de las marrones, feíta, enorme, y con una de sus patas más larga que las demás. Era una especie de araña-escorpión, salvo que en vez de aguijón, tenía una pata larga.

Veo, entonces, a la araña y empiezo a gritar, llamando a mi madre. Grito y la araña me mira y empieza a caminar hacia mí. Cuánto más se acerca, más fuerte y con más desesperación grito; pero cuánto más fuerte grito, más ganas tiene la araña de atacarme. Alertada por mis gritos, aparece mi hermana mayor con un escobillón y aplasta a la araña, pero se ve que con mucha fuerza no le dio, porque al levantar el cepillo, la araña está ahí pegada, moviéndose.

Por algún oscuro motivo que no entiendo, ella saca el cepillo del palo y empieza a perseguirme por toda la casa con la araña media muerta. Así que no me queda otra cosa que volver a gritar y correr por mi vida. Corro y corro cada vez más rápido, pero ella me sigue muy de cerca. Grito, espantada por esta hermana malvada que descubro, hasta llego a arrepentirme de las veces que tuve que matar cucarachas porque a ella le asustaban… De golpe, veo una bañera y pienso que ese es un buen lugar para esconcerme (como cuando, jugando a la mancha, se gritaba “¡Casa!” al tocar la pared). Me meto dentro y cierro los ojos, deseando que al verme así desista de sus intenciones; pienso que si tuviera una sábana que me tape el escondite sería aún mejor, pero enseguida me doy cuenta que esa es una idea patética… ¿Qué soy acaso? ¿Una nena maricona?